Todos tenemos un cajón en casa donde terminan por amontonarse una miscelánea de objetos que no guardan entre sí ningún tipo de nexo y confieren a sus propietarios la categoría de Diógenes amateur, pero en modo de “solución habitacional”.

Por lo general se trata de objetos que han ido dando tumbos por la casa siendo arrinconados sucesivamente en estanterías, baldas y anaqueles a través de un peregrinaje incesante en busca de acomodo.

He vivido en varias casas y todas, invariablemente, han tenido su cajón convenientemente surtido de archiperres imposibles de catalogar. No encajan con coherencia en ningún lugar que guarde un atisbo de orden, pero se guardan “por si acaso”; por si pueden volver a ser necesarios un día. Y ese es su principal activo: su funcionalidad mermada, aunque potencial.

Mi cajón se abastece de fragmentos. Es un elenco de piezas fragmentarias de enseres, útiles, máquinas, mecanismos… En sí mismos y de forma aislada no significan gran cosa, pero al  agruparse en el cajón como ovejas acarradas, adquieren una especie de alma colectiva, que habla con elocuencia de quien los agrupó metódicamente a lo largo de los años, como lo hacen los despojos  cuando “cantan” como soplones sus indiscretas delaciones a los investigadores forenses.

El cajón funciona como un agujero negro interestelar a escala doméstica que abduce todo lo decadente que circunda nuestra morada, plantando desabrida cara a cualquier opción de reciclaje.

Nada de lo que acaba allí volverá a ser reutilizado jamás aunque, en última instancia, esa sea la entelequia que los salvó del contenedor.

Para cuando no sabes qué hacer con algo que, sin embargo, crees que un día puedes necesitar, es para lo que está el socorrido cajón. Todo lo que alberga en su interior suele quedarse,  casi de inmediato,  en el desdibujado territorio que queda a mitad de camino entre el usufructo de la amnesia y la hipérbole del desdén.

Pequeños objetos anónimos; adorables en su insignificancia, testigos mudos de lo que un día sirvió para algo… Es enternecedor reencontrarlos allí cuando se busca algo perdido.

Entonces se desencadena la evocadora magia del reencuentro. Siguen sin servir para nada, pero es irresistible hurgar entre ellos, removerlos, volver a sorprendernos con su ignota procedencia. En definitiva, restañarlos de las heridas del olvido con el preciado elixir; con ese bálsamo de fierabrás que vivifica siempre tener una segunda oportunidad.