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Portfolio Robots de Reciclaje

Los “Maletines de Cot Cot»

 

Los Maletines de Cot Cot, de Dakar, están fabricados con chatarra, latas aplastadas y periódicos viejos. El armazón está hecho de madera, (tazas de té vacías), latas de bebidas recicladas y hojalata. El interior, está forrado de cómics o revistas antiguas. El asa de transporte procede de una vieja caja de archivo. Dado que estas maletas están completamente hechas a mano y con herramientas simples, no son adecuadas para llevar objetos pesados. Deben su nombre al ex ministro francés de Ayuda al Desarrollo Jean-Pierre Cot, de Senegal, quien descubrió la maleta en el estudio artístico Soweto Village (1980), en un distrito de Dakar y siempre llevaba una a las reuniones de su Consejo de Ministros. En una ocasión la llevó también a Francia, a una conferencia en París, donde fue admirado por varios ministros que querían tener tal maleta. Como resultado, se hizo cada vez más conocido, primero en Francia y luego en otros países europeos. Actualmente se pueden encontrar estas maletas principalmente en Alemania y en Holanda, preferentemente a través de Internet.

El robot reciclado alfa 001

La factoría Alfacto concibió la creación de su primera unidad en el año 2017. Se trata del Robot Reciclado alfa 001, es el primero de todos y por eso, quizás, uno de los más queridos por su creador.

Ensamblé cada una de las piezas de su morfología con verdadero primor y hasta cabría decir que con delectación. Y, a medida que con el ensamblaje de cada uno de los elementos, componentes y piezas que lo conforman,  se iba afianzando su personalidad de «guerrero doméstico», se cimentaba del mismo modo en mi alma creadora una entrañable satisfacción.

Establezco una relación personal con cada uno de estos pequeños seres, a la manera en que lo hacen los niños  con el universo de sus predilecciones;  o los adultos con sus fetiches

 

La segunda oportunidad, como lema

Todos tenemos un cajón en casa donde terminan por amontonarse una miscelánea de objetos que no guardan entre sí ningún tipo de nexo y confieren a sus propietarios la categoría de Diógenes amateur, pero en modo de “solución habitacional”.

Por lo general se trata de objetos que han ido dando tumbos por la casa siendo arrinconados sucesivamente en estanterías, baldas y anaqueles a través de un peregrinaje incesante en busca de acomodo.

He vivido en varias casas y todas, invariablemente, han tenido su cajón convenientemente surtido de archiperres imposibles de catalogar. No encajan con coherencia en ningún lugar que guarde un atisbo de orden, pero se guardan “por si acaso”; por si pueden volver a ser necesarios un día. Y ese es su principal activo: su funcionalidad mermada, aunque potencial.

Mi cajón se abastece de fragmentos. Es un elenco de piezas fragmentarias de enseres, útiles, máquinas, mecanismos… En sí mismos y de forma aislada no significan gran cosa, pero al  agruparse en el cajón como ovejas acarradas, adquieren una especie de alma colectiva, que habla con elocuencia de quien los agrupó metódicamente a lo largo de los años, como lo hacen los despojos  cuando “cantan” como soplones sus indiscretas delaciones a los investigadores forenses.

El cajón funciona como un agujero negro interestelar a escala doméstica que abduce todo lo decadente que circunda nuestra morada, plantando desabrida cara a cualquier opción de reciclaje.

Nada de lo que acaba allí volverá a ser reutilizado jamás aunque, en última instancia, esa sea la entelequia que los salvó del contenedor.

Para cuando no sabes qué hacer con algo que, sin embargo, crees que un día puedes necesitar, es para lo que está el socorrido cajón. Todo lo que alberga en su interior suele quedarse,  casi de inmediato,  en el desdibujado territorio que queda a mitad de camino entre el usufructo de la amnesia y la hipérbole del desdén.

Pequeños objetos anónimos; adorables en su insignificancia, testigos mudos de lo que un día sirvió para algo… Es enternecedor reencontrarlos allí cuando se busca algo perdido.

Entonces se desencadena la evocadora magia del reencuentro. Siguen sin servir para nada, pero es irresistible hurgar entre ellos, removerlos, volver a sorprendernos con su ignota procedencia. En definitiva, restañarlos de las heridas del olvido con el preciado elixir; con ese bálsamo de fierabrás que vivifica siempre tener una segunda oportunidad.